5 de octubre de 2015

ADIÓS MI QUERIDO MAX


La primera vez que vi a un hombre cocinar fue cuando tenía 5 años, ese hombre era mi tío. Él era un hombre sencillo, honesto, solidario, muy risueño y el más consentidor del mundo. Mis recuerdos con él son los más felices de mi infancia. Con él aprendí lecciones que marcaron mi vida para siempre. Recuerdo su pequeña moto roja y los viajes que hicimos en ella, unas veces por las plazas y otras veces a la chacra, lugar donde vivía su mamá Rosa, su hermana Manuela y Catalina. En uno de esos viajes -que para un niño de 6 años eran como viajes interespaciales- salieron a nuestro encuentro una jauría de perros que nos persiguieron por varios minutos. Su instinto protector lo impulsó a acelerar la moto repentinamente para evitar que nos mordieran. Su maniobra me tomó por sorpresa y terminé con el talón del pie derecho rebanado por los rayos de la moto roja. Eran mis primeras marcas en esta aventura de riesgo que es la vida.


El incidente no disminuyó para nada nuestro vínculo, todo lo contrario, la profundizó más. No sólo éramos cómplices de aventuras sino también compañeros de juego. Con él aprendí a jugar trompo, bolero, canicas y runrun. Pero mis mejores recuerdos son aquellos que viví con él corriendo tras una pelota de fútbol en el patio de la casa de mamá. Allí solíamos jugar contra su hermano mayor y mi hermano mayor. Él no sólo era hábil con el balón sino también generoso. A pesar de mi falta de habilidad pelotera por mi corta edad, nunca me negó un pase y mucho menos, un pase-gol. Antes creía que él no disfrutaba culminar su jugada en el arco rival tanto como facilitármela. Hoy creo que él suspendió voluntariamente su disfrute para disfrutar de algo más trascendente: ver feliz a su sobrino. Todavía recuerdo su mirada tierna y su tremenda sonrisa cuando me veía gritar con las manos en alto esa bendita palabra que se llama gol. Era como entrar en ese cielo glorioso del que hablan los profetas bíblicos cuando se refieren a la entrada de los hombres y mujeres justos cargados de humanidad. Fue bajo ese sol ardiente de las tardes chimbotanas, mientras rodaba la pelota, que aprendí mis mejores lecciones de amor filial.


Su moto roja se la dieron en su primer trabajo formal. Su empleador no sólo lo puso en planilla sino que, según parece, le asignaron un monto especial por cada sobrino. Lo intuyo porque los primeros meses nos daba propina religiosamente a cada uno. Todo estaba bien hasta que conoció a Rosita y, una vez casados, llegaron Jhonatán y luego José y se acabaron las propinas. Si bien no hubo más propinas, hubo mucho afecto repartidos a granel, mucha risa en nuestras vidas sobre todo cada vez que recordábamos las anécdotas mil veces contadas en las reuniones familiares. Siempre fue un hombre generoso, su generosidad lo expresaba en la abundante comida que me ofrecía cada vez que visitaba su casa. La comida era su signo de entrega, fiesta y familiaridad.

Hoy su casa tiene un sabor distinto. Él ya no está allí y sobre ella se cierne un pesado silencio. Tengo un dolor en alguna parte del alma que no se quiere ir. Sé que pasará. Sé que estará mejor, así lo cree mamá. Sé que recordar nuestras aventuras aliviará un poco esta pena -aunque saberlo no me quita este dolor. Sé que tomará tiempo desacostumbrarme de ti. Y mientras me desacostumbro sin olvidarte te recordaré con aquel mandil de cocinero que te colocaste aquellos días que mamá estuvo hospitalizada por varias semanas. Asumiste con naturalidad las tareas del hogar como comprendiendo que esos roles no son exclusivos de la mujer; que no hay mayor dignidad en el ser humano que servir, amar y ser prójimo de los demás.


Hoy mi tío ya no está conmigo, acaba de iniciar un viaje. Partió con la convicción militante de quien sirve a un general victorioso. Su viaje, según me comentó, lo llevaría a encontrarse con aquel a quien sirvió y fue la fuente de sus esperanzas. Sin embargo, yo creo que viajará hacia las estrellas. ¡Sí, hacia las estrellas! En alguna parte de aquella vieja Biblia que leía con tanta devoción dice que del "polvo somos y al polvo volveremos"; pero lo que no dice tu vieja Biblia, mi querido tío, es que ese polvo es polvo de estrellas. Pero, bueno, no nos vamos a poner filosóficos en estos momentos. A donde quiera que vayas, te deseo un viaje tranquilo. Saluda a mi querido Meche, tu padre, mi abuelo; dale un beso de mi parte y dile que estoy bien pero que lo extraño mucho, que los vamos a extrañar mucho.

3 de agosto de 2015

TUS CINCUENTA AÑOS

Martha, la popular "Popotito"

Hoy es un día especial para ti, para tu familia y para tus amigos y amigas. Es especial porque un día como hoy, hace 50 años, hiciste tu ingreso a la historia de la humanidad. Ingresaste jubilosa y ruidosa; con un llanto fuerte y largo, que más que llanto era un grito de júbilo y gratitud por haber sido recibida por aquella maravillosa familia que te tocó. Tu llanto jubiloso, fue también ruidoso, como presagiando tu inquebrantable espíritu rebelde ante lo rutinario, lo caduco y lo injusto.

Si hoy estoy dirigiéndote estas cortas, pero emotivas palabras, es porque me pidieron hablar en nombre de la promoción 83. Quiero entender que el pedido se refería a hablar en nombre de la sección "C", aquella sección que fue testigo de una de las etapas más maravillosas de nuestras vidas. En aquella aula escolar coincidieron la palomillada, la vaguería, el ingenio, la coquetería y hasta el bullying. En aquella aula del saber no sólo aprendimos nuestras lecciones escolares, sino que, sobre todo, aprendimos la lealtad, la solidaridad, el perdón y, por su puesto, el valor de la amistad.

Los vagos de la sección "C"
Y, como no podía ser de otro modo, tus 50 años son motivo para reunir otra vez a todos ellos. Y como cada vez que nos reunimos, aparece lo que nunca hemos perdido: la capacidad de sentirinos adolescentes-escolares otra vez. ¡Sí, adolescentes-escolares! Porque es de adolescentes llamar a sus amigos por sus chapas y no por sus nombres. ¿No te has dado cuenta que cada vez que nos reencontramos Wilfredo nunca es Wilfredo sino "El Chueco"? Y Víctor, tampoco es Víctor, es simplemente "El Borrego". Por esta misma razón, Marisol sigue siendo "La Madrina", Leonel "El Borracho", Jhonny "El Teniente Risitas", Susana "La Reina", ella "La Carrandanga", la otra "La (ojos) de toro loco" y tú "La Gringa", aunque para mí seguirás siendo "La Popotito", la chica linda cuyas "piernas flacas son un par de carricitos". Lo maravilloso de este espíritu adolescente-escolar es que todos lo disfrutamos. Todos, de alguna forma, regresamos a esa maravillosa aula que fue la sección "C".

Las chicas y de la sección "C" (y los que querían serlo)
Cincuenta años se cumplen una sola vez en la vida. Es el ingreso a una etapa diferente a las anteriores. Hay espacio para planificar, que duda cabe, pero también hay suficiente tiempo para reflexionar sobre lo que hicimos, sobre lo que somos y sobre lo que queremos ser. A los 50 se puede decir que somos personas maduras, con más experiencas, más seguras y con mayor disposición para aconsejar a los más jóvenes. A los 50 muchas de nuestras metas han sido cumplidas y, sin embargo, quedan muchas más por cumplir.  A los 50, junto a los cabellos blancos que no podemos detener, están tatuadas en nuestras almas miles de historias que vivimos, miles de sabores que degustamos, miles de olores y colores que experimentamos. A los 50, junto a nuestras arrugas, estás estampadas las grietas de nuestras desventuras, las brechas de nuestras amarguras y nuestros añejos rencores por perdonar.

Hoy, en este día maravilloso, aquí están tus amigos y amigas de la sección "C", aunque no todos los que hubiésemos querido, pero estamos la mayoría. Algunos viajamos largas distancias no sólo para verte, abrazarte y bailar contigo, sino que, y sobretodo, para rendirle homenaje a la vida, a la alegría, a la suerte que nos permite seguir inventando motivos para reunirnos.

Feliz cumpleaños, Martha querida, sigue disfrutando la vida que elegiste y gozando de las aventuras que escogiste. Que tu dicha de hoy se multiplique exponencialmente con la visita de todos tus amigos y amigas que nos dimos cita para cantarte a todo pulmón que te queremos y que te deseamos mil años más de vida. Recibe de parte de todos un inmenso abrazo, tan inmenso que logre alcanzar el tamaño de tu cariño por nosotros y nosotras, tus amigos de toda la vida.


31 de julio de 2014

QUERIDO DARDÍN



Hace algunos años atrás, un niño muy parecido al de la foto, estuvo entre mis brazos. Era el primer niño, entre cuatro, que me dio la oportunidad de imaginarme papá. Y he de confesarte que fue una de las mejores imaginaciones que disfruté. Recuerdo que me gustaba contemplarlo, y lo hacía por largas horas, porque sencillamente no terminaba de maravillarme con cada uno de sus complejos detalle. Disfrutaba observando cada uno de sus movimientos corporales, de sus habilidades mentales y sus logros psicomotores. Disfrutaba analizando cada uno de los primigenios rasgos de su personalidad. Recuerdo que era inquieto pero cauto, vivas pero observador. Nunca huraño en demasía, siempre sonriente y juguetón. Mientras lo observaba imaginaba los desafíos que le tocaría enfrentar y las angustias que tendría que pasar en soledad porque así es la vida, es el camino que todos tenemos que seguir. Entonces, me propuse equiparlo para que los caprichos que el destino nos tiene preparado, no lo sorprendan. 

Fue en medio de esos pensamientos que llegué a la conclusión de que un niño es como una semilla que esconde muy dentro suyo el enorme árbol en el que se convertirá un día. Sí, en toda semilla se esconde un árbol grande y frondoso que cobijará bajo sus ramas todo tipo de vida. Una semilla es una promesa, es muchas posibilidades. Todo depende de la tierra en que ha de crecer. Si lo piensas bien, una semilla es un potencial escondido que no tiene otra alternativa más que crecer para vivir y dejar vivir. Aun cuando no se pueda ver, en toda semilla se esconden los troncos, las ramas y los frutos de ese árbol maravilloso. Aunque esté escondido, no por ello es inexistente. La tarea entonces es procurar que todo lo que todavía está escondido salga a la luz, que brote como el agua de un manantial en pleno desierto.

No es una tarea fácil, pero sí maravillosa. No es nada fácil lograr que la sabia que recorren las venas del Nueva Humanidad sean la sabia del amor y el servicio al prójimo, porque solo lo que se hace con amor permanecerá. Solo el amor y el servicio harán que surja desde el fondo de su corazón aquella energía transformadora que tanto necesita el mundo. Un árbol que cumple el propósito para el cual fue creado es como el volcán que sabe derrochar energía porque con ello anuncia que el ciclo de la vida está por comenzar. No es una tarea fácil, por el contrario es ardua y azarosa, pero es gratificante. Con paciencia y mucho humor se puede lograr que el hombre de bien que se esconde en un niño surja como la aurora de la mañana que silenciosa aparece después de vencer a la oscuridad.

No soy padre de ese niño, pero de tanto contemplarlo y después de disfrutar su crecimiento e imaginarlo un hombre de bien me surgió un amor inmenso que hasta ahora no se extingue y no se extinguirá jamás. Siento que de alguna manera he cumplido con mi tarea. Aunque tengo que reconocer que ninguna tarea se cumple a cabalidad y que la vida se encarga de completar lo que uno comenzó, sin embargo, me gusta pensar que este es un tiempo de cosechar los frutos.

Espero que tengas la misma suerte que yo.

Tu hermano

20 de abril de 2014

EL REGALO DE ANITA

Fue una sorpresa recibir, en la entrada a su edificio, un pequeño paquete envuelto en papel de regalo. Y más sorprendente aun fue leer el nombre de su remitente: Anita. Era una amiga entrañable, una ex compañera de colegio, una ex enamorada, mejor dicho, un ex amor platónico, madre de una hija estudiante de medicina y un hijo abogado. Ella le había enviado un CD de Thalía con aquellas canciones que solían escuchar en la casa de él cuando aún eran estudiantes de secundaria. Abrió la puerta de su departamento con algo de prisa pero con la suficiente cautela para no dar la impresión de que comenzaba a ponerse ansioso. Cuando por fin entró fue directamente a colocar el disco en el equipo viejo que compró en una navidad pasada. Se sentó en el sofá que heredó de su madre y se dispuso a disfrutar de su regalo.
 
Thalía era una de esas artistas mexicanas que marcaron una época o, para ser más preciso, marcaron su generación, para ser más preciso aún, lo marcaron a los dos. Escuchar nuevamente a Thalía, sentado en ese mismo sofá, pero esta vez sin ella –físicamente- pero con ella –mentalmente-, fue indescriptible. La canción le hizo viajar en el tiempo y a medida que viajaba iba recuperando lo que los años se llevaron de su juventud: su pelo y su fibra muscular. Era un regalo indescriptiblemente bello. A medida que sonaba una canción tras otra, la melodía lo iba envolviendo en mil recuerdos.
 
La inimitable voz de Thalía se mezclaba con las imágenes que se agolpaban en su mente. La belleza y juventud de la artista se confundía con la belleza y juventud de ella. La intensidad de la composición musical se hilvanaba con la intensidad con la que ella asumía la vida. La precisión de cada instrumento ejecutando se asemejaba a la precisión que ella le imprimía a cada una de sus decisiones. Todo hacía parecer que ella era su Thalía. Y lo era. Nunca se lo había dicho, pero esa era la verdad. Y así, sus recuerdos se confundieron con sus nostalgias, su sonrisa con sus lágrimas y, a la  distancia, su memoria se confundió con su felicidad. Es decir, el regalo terminó siendo una máquina del tiempo que, al regresionarlo, terminó confundiéndolo todo. Ahora él se sentía Perales y hasta quería componer una canción.
 
Hacía mucho que no sabía nada de ella y por eso su regalo le supo a agua fresca. Aunque no había muchos detalles en su escueto mensaje que vino junto con él, estaba seguro que estaba bien, que era feliz y que tenía muchos logros que contarle. Como impulsado por una fuerza externa que lo arrancó de su asiento fue de prisa a buscar alguna información de ella en el Internet. Después de navegar y descartar a otras Anitas, por fin descubrió que tenía una cuenta en Facebook. Fue una pena que no encontrara ninguna foto de ella en esa cuenta, pero imaginó que seguía hermosa como la última vez que la vio. Cómo olvidar aquella sonrisa suya que se esforzaba por ocultar el sabor amargo de su despedida. Estaba seguro que hoy sus sonrisas eran abundantes, sus amarguras insignificantes y sus despedidas pasajeras. Estaba seguro que era feliz, no porque la felicidad le hubiera dado el encuentro, sino porque ella se esforzó por encontrarla, como lo había hecho siempre.
 
Ella seguía viviendo en la misma ciudad que los vio crecer, en cambió él migró a la capital por razones de estudio. Aquella ciudad era un pequeño puerto custodiado por la Isla Blanca y el Cero de la Paz. Era una hermosa ciudad con olor a mar y sabor a cebiche. Aquel pequeño puerto fue el testigo silente de las caminatas que hicieron al colegio. Sus calles sin asfalto registraron para la posteridad aquellas jugadas magistrales que él hizo cada tarde de futbol callejero. Su cielo nocturno fue cómplice de aquellas épicas escapadas que ambos hicieron a la discoteca de moda: El Happyday. Y los viejos faroles, de sus mil veces gastados postes de luz, cerraron sus ojos para no verlo pasar otra vez camino a la casa de ella sólo para charlar de cosas "sin importancia". Es que charlar de cosas sin importancia era el pretexto perfecto para ser feliz. Sin embargo, abrieron grandes los ojos cuando vienron que los dos se estrechaban conmovedoramente en un abrazo sincero de despedida. Esos mismos viejos faroles, acostumbrados a asumir su invariable rutina, esperaban verlo pasar otra vez camino a la casa de ella, esta vez para hablar de cosas de "suma importancia": lo que dejaron de vivir.
 
Desde que dejó su casa materna y se aventuró a viajar por el mundo no ha dejado de hacerlo. Viaja como si tuviera una misión. Ha caminado por diferentes tipos de senderos observando, preguntando, investigando. Aunque ha probado los nuevos, sin embargo, prefiere los senderos viejos y viaja llevando consigo un equipaje ligero con la esperanza de ver la vida, la belleza de la vida, en medio de tanta confusión. “Son senderos viejos pero sabios”, suele decir. Por esos senderos viaja feliz y sereno. Para él, viajero empedernido, los nuevos son modernos y complejos y, aunque están asfaltados y tecnificados, no llevan a ninguna parte, mejor dicho, llevan a todos lados y a ninguno a la vez. La modernidad transita por esos caminos poniendo pautas a sus transeúntes y la modernidad siempre resulta ser agobiante. No es que la modernidad sea una desventura, lo desaventurado es que se agobie a la humanidad en nombre de la modernidad. Por ese camino lo ligero se vuelve pesado y lo pesado insoportable. Para viajar por allí hay que estar a la moda: tener el carro de moda, el teléfono de moda, la ropa de moda y hasta la cara de moda. La modernidad en tales términos es exigente y muchas veces intolerante. Si no estás a la moda la modernidad se burla de ti, te hace bullying, te estigmatiza.
 
Después de confirmar que la cuenta era efectivamente de ella le envió una invitación para ser ciber-amigos. Era la forma moderna de estar en contacto. Ahora la podía tener en el celular y podía hablar con ella a la hora que quisiera: en el auto, en la oficina, en la playa, en el cine, en el baño, es decir, en todas partes. Esto es lo maravilloso y lo terrible la modernidad. Si no se controla bien, la modernidad puede terminar siendo agobiante e insoportable. Juntamente con la invitación le dejó un corto mensaje: “Querida Anita, gracias por el CD, es un regalo maravilloso, disfruté mucho escuchar nuevamente a Thalía. No sé cómo me encontraste pero me alegra que haya sucedido. Estoy bien. Vivo tranquilo y viajo ligero. Espero que uno de estos tantos caminos por los cuales suelo transitar me lleven nuevamente a tu puerta para recitarte poesía. ¡Sí, poesía! Como en aquellos días. Pero hasta que ese momento llegue te envío la siguiente canción. Disfrútala”.

 
 
 

9 de junio de 2013

TOMÁS, EL MISIONERO QUE "DES-CUBRIÓ" EL REINO

Tomás, el misionero de Jesús
Tomás quería ser misionero. Soñaba con viajar a lugares exóticos para predicar la Palabra de Dios, pero sentía que aún no estaba listo. Su pastor le había dicho que antes de “anunciar” el reino primero tenía que “des-cubrir” lo que significaba. Pero no sabía cómo. Esa noche, mientras caminaba a casa, oró a Dios pidiendo que le ayudara. 

Al día siguiente Tomás fue a visitar a su tío predicador que vivía en San Juan de Lurigancho para preguntarle cómo descubrir el reino. En el bus conoció a una mujer anciana a quien todos llamaban cariñosamente mamá Antonia. Ella es una de las miles de mujeres que fueron afectadas por el conflicto armado interno que asoló el Perú entre los años 1980-2000 y que vivía como desplazada en Mariátegui. Mientras viajaban mamá Antonia le contó que su esposo, un comerciante de juegos infantiles, fue desaparecido por agentes militares en el año 1984 cuando se encontraba en una feria en Tambo (La Mar, Ayacucho) ofreciendo su mercadería. Desde esa fecha no supo nada de él.

Le contó que lo buscó en diferentes dependencias judiciales, policiales, militares y acudió a cuanto lugar le dijeron que podía encontrarlo. Lo buscó entre montones de cadáveres intentando hallar una señal que revelara la verdad de los hechos. Pero, no lo encontró. Perdió la esperanza de verlo vivo pero nunca renunció a encontrar su cuerpo y descifrar en él lo que le había sucedido. Por su insistencia fue amenazada de muerte por agentes militares por lo que tuvo que huir de su ciudad natal y refugiarse en Lima. Con sus 06 hijos se estableció, como se lo dijo, en Mariátegui.

Tomás estaba tan fascinado con el relato que hasta olvidó por un momento la consulta que le haría a su tío. Mamá Antonia le contó que después de 30 años de buscar y buscar estaba cansada, enferma y con un hondo pesar. A modo de confesión le dijo que le dolía mucho la indiferencia del Estado ante su pérdida pero, sobre todo, le dolía la indiferencia de la sociedad. Se sentía como un alma en pena que vagaba por el mundo buscando consuelo y un poco de amor. Estas palabras impactaron mucho a Tomás al punto de dejarlo perturbado. No sabía qué hacer ni qué decir. Se sentía avergonzado. Mamá Antonia era una mujer anciana, viuda, pobre y estaba enferma.

Tomás tenía que bajarse en el siguiente paradero, pero antes, le preguntó si podía visitarla. Mamá Antonia no tenía una dirección exacta pero le dio algunas referencias para llegar. Pensando en el relato y en aquella referencia llegó a la casa de su tío. Ante su consulta, éste le hablo del compromiso social. Le dijo que si quería “anunciar” el mensaje del reino primero tenía que “des-cubrirlo” y ser “des-cubierto” por él. Tomás se apresuró para preguntar ¿y cómo lo des-cubro? Entonces, su tío predicador le hablo de los pobres. Le dijo que el reino se "des-cubre" amando a los pobre y luchando por defender sus derechos humanos. Estas palabras eran extrañas para Tomás, nunca nadie le había hablado de que el reino de Dios era defender los derechos humanos. Se quedó toda la tarde conversando con su tío y ya cuando era de noche, regresó a su casa.

El relato de mamá Antonia lo había dejado intranquilo, incluso más intranquilo que buscar el significado del reino de Dios. Pasaron 15 días y decidió visitarla. Estaba decidido a imponer las manos sobre ella para que el Señor la sanara. Después de todo, no necesitaba viajar a lugares exóticos para hacer misión, se dijo. ¡Sí, oraría por ella y le predicaría de las bondades del reino de Dios! Pero cuando llegó se llevó una ingrata sorpresa: mamá Antonia no estaba en casa. Por su hija mayor se enteró que su enfermedad le fue ganando la batalla. A causa de la diabetes fue perdiendo la visión y comenzó a sufrir de insuficiencia renal. No podía caminar y quedó postrada en cama. Su hija le contó que, para salvarle la vida, los médicos recomendaron practicarle una diálisis, (aunque no aseguraron que su salud mejoraría). Pero por falta de recursos económicos su salud empeoró y se le fue apagando la vida. Quieta y silenciosamente se fue convirtiendo en parte de las estadísticas. El 02 de Junio a las 2:55 de la tarde, mamá Antonia nos dejó para siempre, dijo su hija.

Esa noticia dejó devastado a Tomás, no lo esperaba. Se sentó en la piedra que estaba a la entrada de la casa -que hacía las veces de banco- y se puso a llorar. Después del llanto vino a su mente una “revelación”. Pensando en la muerte de mamá Antonia concluyó que no la mató la enfermedad física sino la enfermedad social; que no murió por la diabetes como creía su hija, murió por la indiferencia de quienes, pudiendo impedir esta tragedia (como el Estado y la sociedad), no lo hicieron. Murió, como vienen muriendo muchos inocentes producto de esa guerra fratricida: en el olvido, el abandono, la soledad. Lo más triste de todo fue darse cuenta que su muerte no significa nada para quienes, si la que muere, es pobre, mujer y serrana.

Tomás quería ser misionero para anunciar el reino de Dios en lugares exóticos y lejanos. Sin embargo, se dio cuenta que podía ser misionero en su propio país y en su propia ciudad. También se dio cuenta que no puede ser cristiano y ser indiferente al sufrimiento de los pobres a la misma vez.
 
No sabría decir cómo, pero en ese instante Tomás “des-cubrió” el reino de Dios, es decir, descubrió el sentido último del reino, en otras palabras, su significado dejó de estar oculto para él. Descubrió que la indiferencia mata y que los pobres son víctimas. Entonces se prometió a sí mismo y a Dios que abandonaría su indiferencia y se comprometería por luchar contra las injusticias en el mundo. Tomás des-cubrió el reino de Dios gracias a que una mujer pobre y enferma se lo había enseñado sin saberlo.

Tomás estaba listo para anunciar el reino de Dios, estaba listo para ser misionero.

27 de mayo de 2013

EL CUMPLEAÑOS DE LA PROFESORA

 
Hace unos cuantos años atrás -no muchos en realidad-, 47 inquietos estudiantes de educación primaria coincidieron en una misma aula. Eran 47 vocecillas chillonas que gritaban sin parar; 47 mentes frescas ávidas de conocimientos; 47 inteligencias capaces de tramar la más inverosímiles travesuras; 47 corazones dispuestos a tejer vínculos de amistad capaces de resistir toda prueba.
 
Fue la coincidencia más feliz de sus vidas. En realidad era una coincidencia que estaba escrita de antemano en los anaqueles del tiempo y de la historia. ¡Sí, aunque resulte inverosímil, era una coincidencia escrita de antemano! Lo que también estaba escrito es que a aquella aula llegaría una excelente profesora graduada no hacía mucho tiempo. Era una profesora joven, hermosa, cariñosa, inteligente, creativa y con una enorme capacidad para tolerar a 47 estudiantes chillones, traviesos, risueños, felices pero muy distraídos.
 
No es difícil imaginar las épicas batallas que tuvo aquella joven profesora para captar su atención. Hizo de todo: invocó, exhortó, gritó, lloró, pero sobre todo, contó cuentos. Cuando leerles cuentos no funcionaba ella solía cantar. Su voz era clara como agua de manantial y su canto ejercía un poder casi hipnótico sobre todos ellos. El canto más pedido era “Cucú, cucú cantaba una rana”. Muchos de ellos nunca en su vida habían visto una rana pero ese canto los hacía felices. Otro canto muy solicitado era “El zapatero”. No sé por qué, pero aquellos estudiantes lo cantaban con inusitada emoción, como si estuvieran en una protesta social para reclamar por algún derecho conculcado. Es que el canto hacía referencia a un zapatero remendón que no hizo su trabajo conforme se lo pidió el cliente.
 
Y así, entre cantos y cuentos, esos estudiantes primariosos fueron educados. Fueron cinco años maravillosos en el que compartieron de todo y crecieron como cómplices de aventuras. Fue en ese rústico salón construido con material pre-fabricado, con techo de canalones color marfil y ventanas de maderas, muchos de ellos sin vidrios, donde aprendieron los conocimientos básicos que les permitió construir su edificio cultural y académico. Fue con aquella profesora joven, hermosa y creativa que los estudiantes aprendieron a amar la historia, la literatura, la geografía, las matemáticas y, principalmente, el recreo. Fue en esa aula rústica pero cálida que sus jóvenes corazones latieron y suspiraron de una manera diferente por una mujer que no era ni su mamá ni su profesora.
 
Hoy, gracias a las redes sociales, esos 47 chiquillos que un día fueron estudiantes se reencontrarán con la que un día fue su profesora. El Facebook fue el medio que les permitió fabricar el pretexto para volver a verse. Y el pretexto perfecto será el cumpleaños de su profesora. Con ese pretexto se reunirán para a celebrar la vida, festejar sus logros conquistados, agradecer por sus aprendizajes adquiridos, aquellos aprendizajes que suelen llegar envueltos entre risas, triunfos, dolores y fracasos. El cumpleaños de la profesora  es el pretexto para reencontrarse con los amigos y amigas de aquellos años, pero principalmente será el pretexto para reencontrarse con ellos mismo, con el niño o la niña que fueron y que no quisieran dejar de serlo.
 
Después de mucho tiempo volverán a verse y seguro que no podrán resistir no abrazarse. Pero, la alegría y el abrazo les jugarán una mala pasada: volverán a sentirse estudiantes otra vez y ella volverá a sentirse profesora nuevamente. Ella, con sólo verlos, rejuvenecerá y ellos, con sólo abrazarla, le agradecerán por su vocación, su dedicación y sus conocimientos. Ese día servirá también para agradecer al que escribió de antemano ésta feliz coincidencia.

28 de febrero de 2011

EL DIFÍCIL CAMINO DEL AMOR

Caminaba aturdida, confundida y cabizbaja sin saber qué sentir exactamente. Todos los sentimientos se le agolparon como caballos en estampida, rezongando al unísono, llenos de furia y de miedo, como una protesta multitudinaria y bulliciosa por las calles de Lima. Todos los sentimientos juntos hacían imposible definirla. Sentía rabia, mucha rabia. Sentía angustia, mucha angustia. Sentía pena de sí misma y conmiseración. Sus lágrimas, como queriendo consolarla, asomaron decididas a mirarle a la cara.

Era la enésima vez que un novio la terminaba. Era la enésima vez que tenía que pasar por el mismo valle solitario, lúgubre y tenebroso que significaba no ser amada. Era la enésima vez que pasaría días, semanas e inclusos meses sin comer, sin dormir y sin querer ver a nadie más que a sí misma: verse languidecer y morir a plazos. Porque cuando se guarda un mínimo de esperanza en la llegada del "príncipe azul" no se puede morir al contado. Encerrada en los muros de una soledad infinita, enloquecía. El amor de Martín, que hacía horas le daba sentido a su vida, se le esfumaba lentamente de las manos y no podía hacer nada para contenerlo. En su locura veía la muerte venir y en esa misma locura se peleaba con ella. La ahuyentaba como quien ahuyenta las aves carroñeras del cadaver de su madre.

-¿Por qué no me ama?- se preguntaba una y otra vez sin encontrar respuesta.
-Por qué, si yo lo amo tanto, tanto que no puedo vivir sin él.

Esa pregunta circunstancial lo llevó a otra pregunta circunstancial y después de una larga cadena de preguntas circunstanciales terminó en una pregunta trascendental ¿por qué no soy amada? Ante esta pregunta sólo quedó el silencio absoluto. Esta preguntas giraban con insistencia en su mente y laceraban su espíritu. No entendía por qué si desde niña fue mimada y querida por todos. Su madre la adoraba, su padre la engreía sin límites. Sus abuelos toleraban diligentemente sus berrinches. Sus amigas envidiaban su derroche de carisma y sensualidad. Sus amigos admiraban su belleza y popularidad. Era la clásica chica bella, carismática e inteligente, pero sin suerte en el amor.

Tal vez allí esté el origen de su desgracia. Tal vez todos contribuyeron, sin darse cuenta, en convertirla en un objeto del amor. Su madre con su amor incondicional; su padre con sus engreimientos sin límites. Sus amigos y amigas con sus estándares de chica "Top" o chica "Fashion". Todos contribuyeron para que ella buscara ser amada, admirada y seguida. Se acostumbró, sin saberlo, a sentirse digna del amor.

Cuando conoció a Martín se enamoró -como siempre lo hacía- perdidamente. Él la hacía sentir una mujer especial. Le regalaba flores, chocolates, peluches. Salían a pasear, a comer, a bailar. Iban al cine con frecuencia y una que otra vez a un concierto. Él la trataba con gentileza y ella respondía con dulzura. Ella se sentía como una princesa y él se comportaba como un príncipe azul. Él era el chico perfecto, ella la chica ideal. Eran como dos jarrones finos que se exhiben en las mejores vitrinas de las tiendas Ripley o Saga Falabella. Ella dio todo por ser feliz, pero el amor no le sonrió. Cuando un jarrón, por muy fino que sea, deja de fascinar pasa a ser un objeto más.

Quería amar y ser amada y no sabía cómo. En tales circunstancias recordaba a Paco, su segundo novio, al que tuvo que dejar porque le asustaron sus ideas de "Amor Libre". Según lo recuerda, él insistía en que no debía confundirlo con libertinaje, que el Amor Libre se fundamenta en la Libertad. Para ella libertad y libertinaje siempre significaron lo mismo. En cambio para él, la Libertad se escribía con "L" mayúscula. Decía que ahí radicaba su diferencia. Ella no sabía exactamente a qué se refería y lamentó no haberse quedado para indagar.

No sabía amar con Libertad y por eso extrañaba a Paco. Pero, sobre todo, extrañaba su "extraña forma de amar". Para él los celos eran el cáncer del amor. Una persona celosa estaba definitivamente enferma. En cambio, ella creía que era la evidencia definitiva del amor verdadero. ¡Claro, siempre y cuando no sea enfermizo! Paco no la celaba y menos aun andaba preocupado por el amor de ella. Él se concentraba en su amor, en amar, en amarla. Ella creía que le era infiel o, en el peor de los casos, que estaba loco. Por eso lo dejó. Él le decía que lo amaba con "L" mayúscula. Ella creía que se lo decía en inglés.

Para la mayoría de la gente el amor consiste en ser amado y no en amar. Consiste en recibir amor y no en dar amor. De ahí que la preocupación primera y última consista en logra cómo se les ame; cómo ser dignos del amor de otros. Toda nuestra cultura está basada en el deseo de comprar, en la idea de un intercambio mutuamente favorable, por eso nos vemos como jarrones finos que podemos llevarnos a casa para presumir, para sentirnos importantes, para sentirnos amados, aceptados. Para amar hace falta desarrollar la capacidad de hacerlo, la capacidad de dar, de darnos. Es un camino difícil, pero es el mejor para salir del encierro, la locura y la soledad.